EL DISCERNIMIENTO DE ESPÍRITUS

 

Un instrumento práctico

Por: Fr. Tomás Kraft O.P.

Lima, junio 2003

 

El esquema que se presenta aquí tiene una larga historia, comenzando con algunos apuntes que elaboré sobre “la Obra del Espíritu Santo”, que encontré muy útil para mí mismo, y para trabajar con grupos en retiros, jornadas y clases sobre el tema del Espíritu Santo.   Luego, lo iba ampliando, añadiendo datos, refinando expresiones y fundamentación bíblica.   Así en esta forma (más o menos lo que se encuentra en la columna izquierda de este esquema) me sirvió varios años como instrumento útil para reflexionar sobre la acción del Espíritu de Dios en nuestras vidas. Luego, hace unos tres años, me sentí inclinado a leer un libro que unos buenos amigos me habían recomendado (y regalado) un par de años antes: un libro sobre el ministerio de liberación de espíritus malos, por Francis MacNutt. El autor, ex dominico, es (todavía) una gran figura en círculos de la renovación carismática y ecumenismo a nivel de las bases. Tiene una gran capacidad pedagógica, y efectivamente ese libro era muy bien fundamentado, explicado, con sano juicio y mucha prudencia. Al terminarlo, me sentí retado a sintetizar de alguna forma todo lo que enseña este libro sobre el discernimiento y tratamiento de situaciones de influencia de dichos espíritus malos. Se me ocurrió hacer una columna paralelo a este texto sobre “la Obra del Espíritu Santo”, para contrastar, a modo de discernimiento de espíritus, lo que es de Dios y lo que es del enemigo.   Resultó muy iluminador el cotejo de las dos cosas, ya que muchas veces Satanás trata de copiar o falsificar las cosas que hace el Señor, y así confundir a los cristianos con esas cosas parecidas.   Pero siempre hay una diferencia real muy grande, como es la diferencia entre la caridad auténtica, y el egoísmo manipulador disfrazado de caridad.

 

Presento, pues, este esquema (que ya he tenido ocasión de compartir con varios individuos y grupos que me han dado sus sugerencias, críticas y aportes) con la esperanza de que les pueda servir para discernir mejor entre la acción de Dios y los subterfugios del demonio. ¡Estamos en contexto de batalla espiritual! y conviene ser desengañados al respecto: realmente existe el mal, y es inteligente; más que inteligente, ¡mañoso! Necesitamos todos los medios a nuestra disposición para colaborar inteligentemente con Dios, y no dejarnos engañar por bonitas apariencias ni promesas huecas. Una comparación que he encontrado útil al respecto es la de una radio (receptora), que tiene que ser sintonizada con la emisora que se quiere escuchar, pero a veces se desliza o confunde la señal de una emisora con la de otra muy diferente. Nuestra tarea es discernir claramente la voz y los consejos de Dios (“sintonizar” con esta emisora), y no dejarnos influenciar, por una voz y consejos que ya conocemos como los de Satanás (“sintonizar” con otra emisora).

 

Finalmente, unas palabras de explicación del esquema. Los números no tienen mucha importancia, sino que son simplemente una manera de dividir y referirse al texto.   Pero esto sí: cada cuadro del esquema tiene su “pareja” opuesta en la columna al lado. Representa la forma de actuar del Espíritu en cierta área de nuestra vida, y la acción contraria o falsificada del espíritu malo en esa misma área. Normalmente en cada cuadro, hay dos (o más) párrafos. El primero (o primeros) se refiere a lo que se llama en la espiritualidad ignaciana la “primera semana” (que realmente no se trata de semanas, sino de maneras como Dios –o el diablo—se nos presentan: en primer lugar, llanamente, obrando el bien Dios y el mal el diablo). Pero tanto Dios como el diablo tienen diversas maneras de actuar en nosotros. El segundo (o último) párrafo de cada cuadro refiere a la llamada “segunda semana”, que es cuando Dios o el diablo actúen de forma no tan acostumbrada: en el caso de la acción de Dios, es lo que llamamos la “via purgativa”, o estado de purificación, que duele, y nos puede parecer como cosa negativa, pero en realidad es para nuestro bien. En el caso de Satanás, es lo que llamamos la “falsa consolación”, cuando el demonio produce cosas aparentemente muy “espirituales” o buenas, que pueden engañar a los creyentes haciéndoles pensar que es la acción de Dios. Pero siempre hay diferencias significativas que nos ayudan a distinguir entre el uno y el otro. Para esto servirán, Dios quiera, estas páginas.

 


El Espiritu Santo

El Espiritu Maligno

1. Da vida, crea y re-crea , renueva (viento, aliento / soplo de vida, agua viva); el que nos dio vida mediante su Espíritu nos la puede devolver también: el Espíritu resucita física o espiritualmente;   da nuevas energías, nueva vida.   Da característicamente un "espacio" interior de libertad: una gran libertad de espíritu:   la "santa indiferencia". La acción del Espíritu es marcada por el desapego:  liberación de ataduras interiores. En la etapa purgativa nos hiere, pero sana a la vez; da vida mediante la herida.   Nos prepara y fortalece para afrontar la muerte cristianamente:   relativiza esta vida para recibir la vida definitiva, la de Dios mismo. Gén 2,7; Sal 104,29-30; Ezeq 37,1-14; Is 44,3-4; Jn 3,3-8; 7,37-39;     Rom 8,11; 2 Cor 3,17

 

2.   Suscita un conocimiento verdadero del pecado, pero siempre orientado hacia el arrepentimiento y la confianza en la misericordia de Dios. (El Espíritu Santo nunca nos conduce a la angustia y mucho menos a la desesperación.) Hace "llegar" a nuestro corazón la Buena Nueva de Jesucristo, e inspira deseos de conversión y de reconciliación. En todo este proceso eleva al creyente   mediante la transformación progresiva de su   ser: produce una   CONVERSION AUTENTICA. Al que comienza este camino de la conversión, lo alienta y guía por el camino más seguro: el de la humildad y reconocimiento de su nada ante el Señor. Inspira respuestas proféticas, radicales (y eficaces) frente a los males estructurales. Lc 3,16-17; Jn 16,7-8; Hech 2,37-38; cf. encíclica "Donum et Vivificantem"

 

3. Perdona los pecados, sana   las heridas de la historia personal (que suelen ser fruto de nuestro pecados o de los ajenos);     quita la dureza de nuestros corazones, los ablanda; da docilidad (hace que uno sepa ceder, sea abierto a la corrección). Restaura la integridad del corazón y del espíritu (virginidad espiritual) para amar en verdad; infunde en el creyente una actitud de auténtica misericordia hacia sí mismo y hacia los demás. Integra toda la persona, y se abre a una imagen de Dios sana. Da claridad de espíritu para descubrir las raíces o sustrato del pecado en la propia persona. Ezeq 36,25-27; Sal 51,12-13; Jn 20,22-23

 

4. Anima, consuela (por eso se llama "Paráclito"), congrega en dulce comunión de mente y corazón en la Iglesia. Reconcilia a los marginados e incluso a los enemistados (cf. el Prefacio de la Plegaria de Reconciliación II). Nos mantiene en comunión con los pobres, con la "realidad" e incluso con la naturaleza (armonía, conciencia ecológica). Nos infunde un espíritu de obediencia pacífica y paciente, que armoniza las voluntades en el plan de Dios. Da el fruto de paz como el mundo no la puede dar: seguridad en medio de peligros, armonía interior en medio de contradicciones, paz que sobrepasa todo conocimiento o explicación natural. Jn 14,16-17.27;     Hech 2,6; 11,23-24; Rom 8,19-23; 1 Cor 12,13; Ef 4,3-6;   Gál 5,22; Fil 4,7

 

5. Hace brotar desde dentro una alegría humilde, expansiva, evangelizadora y   saltar de alegría por las opciones evangélicas del Señor al descubrir el plan providencial de Dios Padre que se complace en escoger a pobres, pequeños y humildes para realizar su obra, y que salva al mundo por medio del servicio, la Cruz y la sangre (virtud de la muerte voluntaria) de Cristo.   Involucra a la persona en el proceso pascual. Produce humildad tanto en los pensamientos como en la conducta; frente a Dios y a los otros.   Rectitud de intención al obrar: busca sólo la voluntad de Dios y su gloria. Inspira en nosotros el espíritu de las bienaventuranzas. Lc 1,39-47; 10,21-24; Heb 9,8-14; Fil 4,13

 

6. Enriquece la Iglesia con sus dones: ministerios (como apóstol, profeta, maestro, pastor...), carismas (especialmente sanación y profecía) y dones (sabiduría, conocimiento, piedad...).   Guía a la vez con una fina Discreción en el uso de los dones:   todo en su debido tiempo y lugar; nada de precipitación, ligereza o exageraciones;   todo sale para gloria de Dios. Da a cada persona alguna manifestación de su presencia para el bien común. De esa manera edifica la Iglesia dando frutos evangélicos (alegría, paz, bondad, amor desinteresado, mansedumbre, justicia...). En la etapa purgativa, da la discreción de espíritus, para desenmascarar la presencia del espíritu del mal, aun en las obras aparentemente mejores de la Iglesia. Y siempre que desvela este misterio de mal en el seno de la Iglesia, da a la vez el camino de redención y superación.. Is 11,2;   1 Cor 8,1; 12,4-7.11;     Gál 5,22-23; Ef 4,7; 5,9

 

7.   Actúa con suma e invisible eficacia en la Palabra de Dios y sacramentos (especialmente el Sacramento de la Reconciliación): santifica, consagra,   y transforma, comunicando la gracia al que los recibe con corazón abierto;   todo con suma gratuidad. Inspira el deseo y la necesidad imperiosa de recibir los sacramentos.   Se abre al misterio de la fe y de la encarnación: obra una progresiva conformación   a Cristo. En la etapa purgativa, produce aversión a la liturgia y la oración celebrada indigna, rutinaria o hipócritamente, y reclama   una autenticidad y conciencia de Dios   para que ambas sean realmente vivificantes. Busca llegar a la experiencia de Dios; no se contenta con el mero "cumplimiento".   Promueve una auténtica inculturación de la fe, para que el poder de Dios llegue a dejarse sentir, y transforme todas las dimensiones de la vida humana. Mt 28,19; Jn 20,22-23; Hech 8,14-20; 2 Cor 3,18;   2 Tim 1,6-7.14

 

8. Nos enseña cómo y para qué orar: como Madre,   inspira nuestra   oración con gemidos inefables (experiencias místicas, lenguas, jubileo...); nos inspira la misma oración de Jesús, la oración filial de los hijos de Dios: Abba (Padre mío, Papá), una oración "desde" la encarnación.   Intercede, ora en y por nosotros.     Nos enseña nuestro camino personal de santidad (consigna).   Anima, inspira la adoración de Dios. En tiempos de purgación, acrecienta en nosotros el hambre y sed de Dios. En tiempos de sequedad o experiencias de vaciedad interior, nos infunde constancia en sus caminos, nacida de la fe sobrenatural. Sab 9,17-18; Rom 8,15-17.26-27; Gál 4,6

 

9. El Espíritu Santo, fuente de amor, infunde y acrecienta el amor divino (agape) en nuestros corazones y nos inspira una gran   confianza filial en Dios.   La libertad gloriosa de los hijos de Dios. Nos quita todo miedo hacia Dios e infunde más bien en nosotros el temor reverencial de los hijos de Dios (deseo de nunca defraudar al que confía en nosotros y nos ha dado tanto). Da un amor auténtico en todo y hacia todos. En su función purgativa, provoca cuestionamientos sobre nuestra soledad egoísta y la inautenticidad, el desamor de nuestras personas e instituciones. Nos enseña juzgar todo según el amor. Rom 5,5; 8,21; 2 Co 3,17;   1 Jn 4,18

 

10. Ilumina nuestras mentes: revela el plan de Dios a los profetas, y el sentido profundo, encarnado de la Palabra de Dios a quienes la mediten (y a veces hace "saltar de la página" una lectura bíblica, cuando obra con poder a través de ella). Manifiesta la verdad plena a los fieles (reparte sus dones de sabiduría, conocimiento y prudencia; sensus fidelium) bajo la guía de los pastores que gozan del "carisma de la verdad". En la etapa purgativa, crea insatisfacción con el simple "conocimiento" intelectual de la Palabra, y nos lleva a acogerla en fe, a someternos a su verdad, y a vivenciarla, hasta que vuelva vida en nosotros. Amos 3,7; Mt 7,27; Jn 10,4-5; 14,26; 16,12-13; 1 Cor 2,10-11; 2 Ped 1,19-21; 1 Jn 2,27

 

11. Nos envía e impulsa al apostolado, y luego obra con poder en nuestra evangelización, confirmándola con signos (esp. los signos de las opciones evangélicas de Jesús: por los pobres, marginados, pecadores;   pasión por el Reino). En las pruebas (etapa purgativa), el Espíritu nos fortalece infundiendo valentía (parrhesía) y nos da palabras de sabiduría para dar testimonio de Cristo. Rechaza la utilización de experiencias de misión para provecho personal o congregacional, o carentes de compromiso con los pobres. Inspira deseos de mayor congruencia evangélica. Lc 12,12; Jn 15,26-27; Hech 2,4;   4,29-31; 5,1-11; 6,10; 13,2-4

 

12. Estimula nuestro anhelo de participar de la gloria de   Dios; anima a los creyentes a "buscar las cosas de arriba"; a prepararse liberándose de pecados y ataduras;   anima y aviva en los creyentes el deseo de ser parte de la Iglesia-novia   y de participar de la presencia inmediata de Cristo-esposo (fuego, espiritual unción) Rom 8,18-23; 2 Cor 3,17-18; Ef 1,13-14; Apoc 22,17

 

13. Produce sorpresas maravillosas, realizando cosas tan buenas que apenas podemos creerlas; nos hace experimentar cosas mucho mejores que lo que soñamos en nuestros más locos sueños… Lo que Dios ha preparado para los que lo aman… Gén 18,14;   Rom 8,28;   1 Cor 2,9-10; Ef 3,20-21

1. Busca matar:  produce   un hastío/ pesadez / disgusto con la vida.   Quita todas las energías para vivir, trabajar,   luchar o tomar iniciativas;   infunde miedo al cambio, miedo a crecer (maneja mecanismos de defensa, la depresión): crea un sentido de impotencia paralizante, de pereza espiritual. Propicia el apego (ataduras) a personas, cosas, medios, etc.: todo lo que sirve para paralizar o sujetar a la persona. La falsa consolación puede producir deseos de muerte, y una fijación con la muerte (pensamientos, fascinación con la muerte). Convence a uno que con la muerte termina todo, que es el gran escape de la lucha de esta vida, que "es mejor" que tener que esforzarse en la vida cristiana....Sab 2,24;   Jn 8,44; Mc 9,17-22; Heb 2,14-15

 

2. Acusa a uno de sus pecados (esp. pecados secretos, vergonzosos, o no confesados),     para resaltar su culpa, su indignidad y alejamiento de Dios.   Utiliza   medias verdades: habla de nuestro pecado pero nunca de la gracia y bondad de Dios. Busca hundir, quiere hacer desesperar a uno. La falsa consolación produce un bienestar ilusorio: hace a uno perder el sentido del pecado, o bien echar la culpa a otros sistemáticamente. La falta de claridad moral termina justificando, relativizando cualquier mal.   Ingenuidad, espiritualidad evasiva frente a los males estructurales. Al que intenta arrepentirse, le convence que es hipócrita, ineficaz o inválido (que es pérdida de tiempo el tratar de cambiar), o bien le propone esquivar sus exigencias más duras mediante el cambio superficial, una conversión de   fachada. Apoc 12,10 (diablo = acusador); 2 Cor 2,5-11

 

3. Resalta y recuerda pecados personales; "cabalga" sobre nuestras heridas;   ahonda nuestros traumas; "endurece" nuestro corazón/voluntad; instiga a rabia, terquedad y obstinación al "fijar" en nosotros reacciones o conductas malsanas, exageradas o defensivas ("mecanismos de defensa" malsanos). Busca mantener a uno en un estado herido, debilitado, enfermizo del espíritu para que se vea (o vea a otros) como "una desgracia" total, permanente, imposible de redimir (remediar).   Tergiversa el amor hacia formas desordenadas o dañinas. Oscurece la conciencia, y produce la "conciencia errónea" que ve pecado donde no lo hay, y no lo ve donde está. (Fundada en falsos imágenes de Dios: policía, juez cruel, castigador.) Lc 13,16; Mc 5,1-5

 

4. Desanima, "desconsuela"   y divide, provoca   disensión y escándalos por medio de envidias, acusaciones, calumnias.   Busca crear enemistades entre cristianos, especialmente entre los de una misma obra del Señor, para restarle eficacia y credibilidad.   Actúa con violencia, provoca un espíritu de rebeldía, turbación,   y agitación; Busca 'manejar' a quienes no están en sintonía profunda con el Espíritu de Dios (los que confían en sus propios criterios / juicios / manera de ver en vez de dejarse guiar por el Espíritu y criterios de fe, criterios del evangelio). En la falsa consolación, da una paz   barata, --paz de tregua,     que da "concesiones" para evitar conflictos, incluyendo concesiones de cosas no negociables para un cristiano--, porque no puede dar auténtica paz. Gál 5,20-21; Mt 13,24-30.38-39; 1 Tim 5,14-15; 2 Tim 3,6-7

 

5. Causa tristeza y pesadumbre ante lo arduo del camino de Dios (miedo al sufrimiento), y aversión a la alegría evangélica. Busca convencer a los pobres y sencillos que Dios sólo busca/utiliza a gente bien dotada, "preparada", y que los ricos/cultos/favorecidos tienen preferencia ante el Señor. (Y a estos, que lo que más importa a Dios son sus dones/ recursos/cualidades/capacidades /éxitos, y no la humildad, obediencia, y la Cruz (aceptación del fracaso). Sugiere una actitud soberbia: presumir de sí, preferirse ante los demás; buscar la propia alabanza y gloria...   Termina utilizando a Dios para sus fines (provecho personal). La falsa consolación produce un gozo egoísta, ruidoso, jactancioso que es indiferente / excluye a los demás. Lc 4,5-7; Mt 16,21-23

 

6. Aumento los egoísmos y sugiere, instiga a la gente a sacar provecho personal de los dones del Señor (y les pone la ocasión de hacerlo en bandeja). La falsa consolación atrae la atención y distrae a la gente con "signos y prodigios", (incluso sanaciones físicas, falsa profecía) para apartarlos de Dios, y hacerles seguidores de milagreros en vez de discípulos de Jesús. Hay Indiscreciones notorias:   cosas buenas en sí pero dañinas por estar fuera de su debido lugar, tiempo, estado, proporción (cosas exageradas, inoportunas, contraproducentes...). Sus "signos" no   glorifiquen a Dios ni dan frutos duraderos de unidad y crecimiento espiritual (sobre todo en las virtudes, teologales). Más bien son para agrandar:   hinchan   o dan fama a la persona que desempeña dichos "dones". Mt 4,3-6; Hech 8,9-23; 2 Tes 2,9-12; Apoc 13,13

 

7.   Tendencia a la desacralización:   poner en ridículo o en duda lo "sagrado" y convencer a la gente que no merece mayor atención todo este plano. Busca apartar a la gente de la Palabra de Dios y de los sacramentos, mediante dudas, antipatía   o temor a recibirlos, o por lo menos lograr una recepción infructuosa de los mismos. Sugiere a uno que "no es digno" de recibir los sacramentos (p.ej. comulgar), y por tanto, no se debe acercar a ellos (= falsa humildad). Centra la acción pastoral en su eficacia social. Promueve criterios racionales por encima de toda escucha de la voz de Dios: Olvido de Cristo. No puede transformar en la gracia: sí puede crear seudo-"personalidades" en uno que asombran/ llaman la atención. Busca desviar la búsqueda de Dios por el lado de "experiencias religiosas" sin Dios y sin redención: la autosalvación, ángeles, ondas/viajes espirituales, misticismo desencarnado, etc... cf. Lc 8,12;     Rom 8,5-9; Ef 6,15-16

 

8.   Mediante sentimientos de culpa, aburrimiento etc. busca   apartar, disuadir o distraer de la oración, convencer de su inoportunidad/ inutilidad, enfriar devoción, y en general apartar   de Dios.   Infunde desidia o   repugnancia para la adoración. Como no puede ni quiere inspirar la oración, en la falsa consolación trata de desviarla por medios raros, difíciles y extravagantes, y encauzarla en sentido idolátrico...   Desvirtúa el sentido filial de la oración cristiana con imágenes falsas de Dios, o concepciones tergiversadas de la contemplación. Busca influir negativamente en las personas mediante las maldiciones; utiliza para sus propósitos a las personas vulnerables a su influen-cia mediante prácticas espiritistas (brujería, ciencias ocultas, etc.).   cf. Apoc 13,11-12.15

 

9.   Tergiversa la imagen de Dios Padre mediante heridas personales (del pasado o presente) con figuras de autoridad paterna.   A los que quieren acercarse a Dios, les sugiere actitudes de MIEDO (temor servil) hacia Dios. En la falsa consolación, trata de impedir a los creyentes desarrollar un amor auténtico a Dios y busca derivarles hacia formas utilitaristas, mercantiles de relación con Dios.   Caridad fingida, sin mordiente; egoísmo disfrazado. Sugiere formas de espiritualidad carente de auténtico amor, pero con apariencia de religiosidad. cf. Rom 8,38-39;   2 Tim 3,1-5; Sant 2,19

 

10. Busca socavar la autoridad/ relación filial con los pastores de la Iglesia, por medio de escándalos o falsos pastores/guías, falsa profecía,     pero el sentido de fe de los fieles les advierte... Promete (y da) un conocimiento oculto de hechos concretos, de datos sueltos,   pero nunca revela el verdadero importe personal y espiritual de los hechos revelados, ni menos su lugar en el plan de Dios. Lleva a tergiversar la interpretación de las Escrituras (y ¡qué bien sabe manejarlas!) Oponiéndose a la enseñanza de la Iglesia. O bien, encierra la lectura de la Palabra de Dios en una interpretación estéril, inerte, que no toca la vida de las personas ni menos de la realidad social. 1 Tim 4,1ss; 2 Tim 2,23-26; Apoc 2,20-24

 

11. Busca desanimar/ disuadir/ obstaculizar la misión de los discípulos de Jesús, mediante la tibieza, la confusión, la persuasión de que otros objetivos son más importantes o provechosos... Busca dejar ambiguo el testimonio de los que obran según el Espíritu Santo mediante   "signos" falsificados (cf. # 6) que confundan/relativizan las obras de Dios. Busca (pero no puede rebatir la sabiduría evangélica inspirada por el Espíritu de Dios. El maligno propagandiza su "obra" para aumentar su   notoriedad y causar impresión en la gente;     envalentona a los que están en su servicio para enfrentar / amedrentar a los que se le oponen… 2 Cor 11,13-15;   1 Tes 2,18

 

12. Crea una fascinación enfermiza y sórdida con la esclavitud, el infierno, la condenación, la muerte eterna. Hace una parodia del cielo que es patentemente falsa y perversa.   Siembra interés/ fascinación/ miedo del "anticristo" y cosas por el estilo.   Busca convencer a los creyentes que ya "condenados" al infierno por sus pecados, que no vale la pena seguir en esta vida ni buscar la salvación en Cristo.

 

13. Tiene sorpresas sumamente desagradables, que nos hace experimentar desengaños, de que lo que prometió si es que se realiza, defrauda, como la experiencia de Adán y Eva en el jardín (“se les abrirá los ojos…”).   Todo esto, fruto de la mentira que es característica de Satanás. Gén 3,5-7;     Sant 1,14-16

 

DISCERNIMIENTO ESPIRITUAL

 

SUMARIO: I. El discernimiento espiritual en el dinamismo de la experiencia cristiana: 1. El dinamismo de la existencia cristiana: 2. El discernimiento entre las tensiones y las ambigüedades de la existencia - 1I. El discernimiento espiritual en la Sagrada Escritura: 1. Actitud crítica del cristiano para avanzar por el camino de Dios; 2. Búsqueda de la autenticidad cristiana: 3. Criterios de discernimiento según san Pablo - lll. El discernimiento personal: 1. Relación dialéctica entre discernimiento personal y comunitario: 2. El itinerario del discernimiento personal según san Ignacio de Loyola - IV. El discernimiento comunitario: 1. En qué consiste: 2. Sus fundamentos, 3. Condiciones psicológico-espirituales: 4. Técnica del discernimiento comunitario.


1. El discernimiento espiritual en el dinamismo de la experiencia cristiana

 

La instancia del discernimiento espiritual nace de la experiencia que el cristianismo realiza de su vida de fe en Cristo, en la Iglesia y en el mundo. La complejidad de las situaciones en que es llamado a vivir y obrar para llevar a cabo el plan de Dios respecto a sí mismo y a los demás, le imponen una atenta consideración de los impulsos y de las motivaciones que le inducen a determinadas opciones. Dios llama a cada hombre y a cada grupo de personas reunidas en su nombre con una vocación particular, que se inserta en el contexto de la misión que él confía al pueblo que se ha elegido. Lo que es bueno para uno no es bueno para otro, y lo que es mejor para uno no siempre lo es para otro. De ahí nace el problema: ¿Cómo reconocer los signos de Dios en una determinada situación y, sobre todo, frente a ciertas opciones?

 

1. DINAMISMO DE LA EXISTENCIA CRISTIANA - La existencia cristiana no es una realidad estática. Es vida y, como tal, posee todas las características de la vida. La vitalidad cristiana la experimentamos en nuestra vitalidad existencial, constituida por pensamientos, sentimientos, actividades, tendencias y relaciones con los demás, con las cosas, con el mundo y con la sociedad. La existencia cristiana tiene en nosotros su nacimiento y su desarrollo continuo. En el origen de esta nueva existencia, como enseña san Pablo (Rom 3,6.8), está la fe en Jesucristo, el bautismo y el don del Espíritu Santo: tres realidades que se integran recíprocamente y suscitan en nosotros una acción vivificadora y santificadora de Dios, el cual establece una relación dinámica con nuestra existencia, llamándola a la salvación. La tríada —fe, esperanza y caridad (1 Tes 1,2s: 5,8-10: 1 Cor 13,13: Col 1,4s)' constituye la dimensión fundamental en que la existencia cristiana se manifiesta, realiza y crece en nosotros. El bautismo, como "sacramento de la fe", expresa también en el plano sensible la muerte y la resurrección de Cristo con el simbolismo eficaz de su rito (Rom 6,3-11), hace participar con plena responsabilidad de la vida eclesial para formar un solo cuerpo en Cristo (1 Cor 12,13) y hace pasar de una existencia de tinieblas a una existencia de luz (Ef 5,8.14), que impone el paso de la muerte al pecado a la vida nueva en Cristo (Rom 6,11-12). Convertido en luz, el cristiano debe caminar como hijo de la luz. Esto le impone la tarea de discernir para percibir continuamente la voluntad de Dios (Ef 5.8.10.17). Ello lo consigue en la medida en que ha recibido el don del Espíritu, agente divino en él, principio dinámico y norma de su obrar (Rom 8). El Espíritu divino entabla con el espíritu humano un diálogo misterioso, que obliga al hombre a una continua confrontación para dar una respuesta dócil que lo lleve a un constante dinamismo de transformación interior y de renovación, capaz de permitir reconocer el sendero que traza Dios y seguirlo'. Por tanto, el discernimiento espiritual se impone como una constante de la vida del cristiano para pasar de la edad infantil de la fe a la del hombre perfecto o maduro'.

 

2. El. DISCERNIMIENTO ENTRE LAS TENSIONES Y LAS AMBIGÜEDADES DE LA EXISTENCIA - Así pues, para que la existencia cristiana pueda desarrollarse en su autenticidad, es necesario una continua confrontación entre los impulsos y la guía de Dios, que se revela en Cristo, en la Iglesia, y los tirones de los instintos humanos o de las potencias del mal, que son contrarias al Espíritu de Dios. No es fácil distinguir entre la acción del Espíritu de Dios, la del espíritu humano y la del espíritu malo'. Ante todo, la vida interior del hombre es compleja, y "éste, por error, puede considerar como una manifestación de lo absoluto o de Cristo algo que, de hecho, no es más que fruto de una elaboración subjetiva"'. La dificultad proviene también de que, estando el Espíritu de Dios presente en nuestro espíritu humano, el espíritu malo intenta imitar al Espíritu de Dios para engañar al hombre y apartarle así del plan de salvación.

 

Pablo dice que si, mediante el Espíritu, damos muerte a las acciones pecaminosas de nuestro yo, viviremos: "En efecto, cuantos son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios" (Rom 8,14). Pero nuestra tendencia al pecado y a la enemistad con Dios (Rom 8,7) subsiste incluso después de habernos justificado Dios mediante la fe y el bautismo. También Jesús, inmediatamente después del bautismo, fue tentado por Satanás a abusar de su poder mesiánico, desviándolo del fin para el cual se lo había Dios concedido. Esta experiencia de Jesús se repite en la vida del cristiano. Este siente el poder del espíritu malo, que intenta separarle de Dios, sacarle de su plan o al menos disminuir su capacidad de obrar el bien. Por eso Pablo pone en guardia a los efesios: "Revestíos de la armadura de Dios para que podáis resistir las tentaciones del diablo" (6,11). Hay que tomar en serio el combate espiritual: "Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados y potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos que andan por los aires" (Ef 6,12)0.

 

A veces la acción del poder del mal es muy sutil. Se encamina a proponer acciones o actitudes a primera vista buenas, pero para llevar a consecuencias malas, siguiendo la táctica de la exageración: abusar de la propia libertad por el hecho de ser don de Dios, exagerar en la penitencia para llevar luego al cansancio y al rechazo de la vida espiritual; dejarlo todo y a todos, radicalizando la enseñanza evangélica para exonerar de responsabilidades personales y sociales; usar para la propia gloria los dones recibidos de Dios para la edificación de la Iglesia, etc. Satanás, como dice san Juan, es el "padre de la mentira" (8,44): por eso debemos "distinguir el espíritu de la verdad y el espíritu del error" (1 In 4,6). Por lo demás, la historia de la Iglesia enseña que algunos dones auténticos del Espíritu no han podido desplegar toda su eficacia o han sido incluso desviados del bien, ya sea porque quienes los poseían no supieron discernir entre inspiración de Dios, impulsos y deseos humanos o desviaciones operadas por Satanás, ya sea porque quienes tenían la misión de guiar estos dones más bien los apagaron.

 

II. El discernimiento espiritual en la Sagrada Escritura

 

Buscar en la Escritura qué es el discernimiento espiritual significa recorrerla en su totalidad. Más que una teoría sobre el discernimiento, en la Escritura se encuentra un discernimiento en acción, por una parte, el discernimiento que Dios lleva a cabo en la historia de Israel o en la Iglesia; por otra, lo que el hombre hace para entrar por el camino de la fe y de la justificación y para aumentar la operatividad de su existencia cristiana en la Iglesia y en el mundo'.

 

1. ACTITUD CRÍTICA DEL CRISTIANO PARA AVANZAR POR EL CAMINO DE Dios - En el AT Dios elige: a Adán (Gén 2,17), a Abrahán (Gén 12,4), al pueblo de Israel (Ex 19,8; 24,3; Jue 24,15; Dt 28,1,15...), a los soberanos y a los caudillos del pueblo. Para responder a esta elección, es preciso liberarse de motivos y condiciones oscuras y comprometerse en un camino continuo de búsqueda de fe. Tanto más que junto a la voz de Dios está la del pecado (Gén 4,7) y la de Satanás, adversario de Dios, también ella llena de misterio'. Para el pueblo elegido se trata de aceptar la visión misma de Dios, su discernimiento. Esto implica dos momentos: el de la pasividad, es decir, dejarse guiar por él, recordar sus beneficios, dar gracias, volver a los orígenes para comprender nuevamente su vocación, fortalecerse en la confianza de la promesa; el de la actividad, de compromiso, de búsqueda de lo nuevo, siempre bajo la guía de Dios.

 

El discernimiento de "espíritus" o de "inspiraciones" se encuentra a lo largo de todo el NT, particularmente en san Pablo. Además de la mención explícita de la diakrisis pneumaton, del "discernimiento de espíritus" (1 Cor 12,10), se usa el verbo dokimazein y términos afines, krino/krisis y la rica serie de vocablos contenida en Flp 1,3-11; Col 1,9-14; Ef 1,15-23; 4,11-16; Rom 12,1-8. El verbo dokimazein expresa el significado fundamental del discernimiento, a saber: el de probar, catar, examinar. La necesidad del discernimiento proviene de la instancia crítica del cristiano sobre el horizonte escatológico. En efecto, la existencia cristiana se caracteriza, por un lado, por la aceptación de la fe con el compromiso que implica y, por otro, por la inminencia del juicio. La vida del hombre y de la comunidad está sujeta al examen de Dios, en el cual hay que ofrecer una buena prueba; el juicio final es el resumen de este examen (1 Cor 3,13; Sant 1,12). Por esto es Dios ante todo el que "discierne" el corazón del hombre; Dios en la historia es el dokimazon tas kardias hemon, es el "Dios que sondea nuestros corazones" (1 Tes 2,4).

 

En los sinópticos, aunque sin un término que la especifique, tenemos la realidad del discernimiento, que consiste sustancialmente en "reconocer" en la persona y en la acción de Jesús el poder del Espíritu de Dios y la derrota del espíritu del mal. Jesús es signo de contradicción (Lc 2,34) y, por tanto, objeto de discernimiento; quienes lo acogen descubren en él los caminos del Espíritu; los demás siguen leyendo las Escrituras sin comprenderlas y ven pasar a Jesús sin reconocer que Dios está en él.

 

Para los Hechos de los Apóstoles, más allá de toda teoría, la dinámica del discernimiento está clara: "El Espíritu de Dios se impone con su misma fuerza y aporta su luz; sus iniciativas son siempre maravillosas y a veces desconcertantes, pero nunca turbulentas y desordenadas; su acción se ejerce siempre en la Iglesia, cuya paz y expansión asegura; su obra consiste en dar a conocer y en irradiar el nombre del Señor Jesús".

 

2. BÚSQUEDA DE LA AUTENTICIDAD CRISTIANA - Para san Pablo, el discernimiento es parte imprescindible de la búsqueda dinámica de la autenticidad cristiana, por lo cual es preciso mantenerlo siempre en acción. Hay que distinguir las mociones que llevan la impronta del Espíritu Santo de las que le son contrarias. Mociones, o sea sentimientos, experiencias, actitudes, impulsos hacia determinadas opciones, etc. Todo cristiano que haya experimentado el Espíritu ha de habituarse a esa percepción espiritual, a esa finura del espíritu que le mantiene en su identidad. A algunos el Espíritu les concede el carisma del "discernimiento de espíritus" (1 Cor 12,10), es decir, la capacidad de reconocer si una determinada inspiración viene del Espíritu divino o del espíritu del mal. Mas a todos los creyentes se les da el "don del Espíritu", que se recibe radicalmente con la fe y el bautismo, y que "habita en nosotros" (Rom 8,9) y nos guía, haciéndonos vivir como hijos de Dios (Rom 8,14). El Espíritu es, pues, el elemento constitutivo de nuestro ser de cristianos y el principio dinámico y la norma de acción, constituyéndonos hijos "en la Iglesia" (1 Cor 12,13)". Para san Pablo, el discernimiento es la virtud del tiempo de la Iglesia, situado entre el hecho de la muerte y resurrección de Cristo y la parusía. Caracteriza a la Iglesia de los "últimos tiempos" (1 Cor 10,11), período en el cual hay que afrontar el "presente siglo malo" (Gál 1,4). El cristiano no puede conformarse según el a "mundo"; debe superarlo, aunque sea en la prueba y en la aflicción. Con la superación de estas pruebas y tribulaciones, mediante un atento discernimiento, el cristiano manifiesta su autenticidad en una "fe purificada" y aprobada por Dios, en una "esperanza probada" en la oscuridad del tiempo presente, en una "caridad filial", "derramada en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado" (Rom 5,3-5). El cristiano no se somete a las pruebas de la vida, sino que las discierne para descubrir en ellas la voluntad de Dios, el cual permite que formen parte de la pedagogía de la salvación. Ante los tiempos escatológicos, las pruebas y las tribulaciones asumen el significado de anticipación, en el tiempo de la Iglesia, del discernimiento final y se convierten en participación del juicio escatológico ya realizado en la muerte y resurrección de Cristo".

 

El discernimiento, en su aspecto moral, tiene por objeto la "voluntad de Dios" (Rom 12,2), el imperativo moral que impone una vida santa y grata a Dios (1 Tes 4,1-3). Este imperativo implica un camino de conversión continua. El "conocimiento" de que habla a menudo san Pablo (Flm 5-6; Ef 1,15-18; 4,13; Flp 1,9; Col 1,9-10) representa justamente este carácter dinámico de progreso y de crecimiento, que interioriza y conduce a un nivel cada vez más alto la fe, la esperanza y la caridad" Analizando el acto concreto del discernimiento, Therrien dice que es al mismo tiempo uno y complejo, humano y divino, personal y eclesial, "en situación" e inserto en el plan único de salvación, que mira a la edificación de los hermanos y está ordenado a la gloria de Dios, realizado en el tiempo, pero que participa ya del juicio escatológico ".

 

3. CRITERIOS DE DISCERNIMIENTO SEGÚN SAN PABLO - San Juan, en su primera carta, pone en guardia a los cristianos para que adopten una actitud crítica frente a las inspiraciones: "Queridísimos, no os fiéis de todo espíritu, sino examinad los espíritus, a ver si son de Dios" (4,1)". Mas ¿cuáles son los criterios por los que podemos estar seguros de que una determinada inspiración viene efectivamente de Dios? De la doctrina paulina se obtienen algunos de estos criterios16:

 

Los frutos. El espíritu bueno y el malo se reconocen por sus frutos: "Las obras de la carne son manifiestas: fornicación, impureza, lujuria... Por el contrario, los frutos del Espíritu son: caridad, alegría, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia" (Gál 5,14-22; cf Ef 5,8-10; Rom 7,4-5.19-20).

 

La comunión eclesial. Los dones auténticos del Espíritu son los que edifican la Iglesia (1 Cor 14,4.12.26). Los carismas son dones fecundos para la Iglesia; sobre todo la profecía, la cual es una palabra eficaz que da paz, ánimo y confianza.

 

La fuerza en la debilidad. El Espíritu se manifiesta con signos de poder: milagros, seguridad para proclamar la palabra de Dios y afrontar las persecuciones (1 Tes 1,4-5; 2 Cor 12,12). Son signos que resultan tanto más auténticos cuanto más contrastan con la debilidad del apóstol (2 Cor 2,4; 12,9).

 

La inmediatez de Dios. Seguridad de una vocación divina en la docilidad eclesial. Por una parte, Dios da la certeza de su vocación (Rom 1,1; Gál 1,15; Flp 3,12) y, por otra, esa llamada debe ser autenticada por la comunidad eclesial (Gál 1,18) y por sus responsables.

 

La luz y la paz. Los dones del Espíritu no son impulsos ciegos que suscitan dificultades y desorden (1 Cor 14,33). Esto vale no sólo de las manifestaciones extraordinarias, sino también de las mociones interiores: "La tristeza que es según Dios causa penitencia saludable e irrevocable, mientras que la tristeza del mundo engendra la muerte" (2 Cor 7,10), "porque el pensamiento de la carne es muerte, pero el pensamiento del espíritu es vida y paz" (Rom 8,6; cf 14,17-18).

 

La comunión fraterna. Es el criterio más seguro e importante que revela los signos de la presencia del Espíritu (1 Cor 13). La caridad hace también respetar y amar los carismas de los otros (1 Cor 12).

 

¡Jesús es el Señor! El criterio supremo del discernimiento es el alcance y las consecuencias que ciertas mociones o actitudes tienen respecto a Jesús: "Nadie, hablando en el Espíritu de Dios, dice: 'Maldito es Jesús', ni nadie puede decir: 'Jesús es el Señor', sino el Espíritu" (1 Cor 12,3). Confesar que Jesús es el Señor no es sólo pronunciar una fórmula, sino descubrir el secreto de su persona, proclamar su divinidad, adherirse a él por la fe y el amor, lo cual no es posible más que con la gracia del Espíritu Santo.

 

III. El discernimiento personal

 

Distinguimos entre discernimiento personal y discernimiento comunitario. Por el primero entendemos la búsqueda de la voluntad de Dios realizada por una persona particular; por el segundo, la realizada por la comunidad o por un grupo de personas unidas por un vínculo particular y, en última instancia, por la Iglesia.

 

1. RELACIÓN DIALÉCTICA ENTRE DISCERNIMIENTO PERSONAL Y COMUNITARIO - LOS dos aspectos, personal y comunitario, son distintos, pero no están separados. El segundo supone el primero, porque una comunidad o un grupo puede ponerse en situación de discernimiento en la medida en que los individuos hayan hecho o hagan en su vida una experiencia profunda de la búsqueda de Dios y se dejen guiar por el Espíritu en sus opciones. También el primero supone el segundo, al menos de forma embrionaria, en cuanto que la escucha de Dios en la vida personal pasa necesariamente a través de la mediación de la Iglesia, que lee los signos de los tiempos de la sociedad en que se vive. La expresión mínima de esta mediación está constituida por el diálogo con el consejero o director espiritual. Cuando nos sentimos inspirados a tomar una opción determinada o una determinada orientación espiritual, es preciso medir estos impulsos con dos criterios fundamentales: la conformidad con la palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia (dejarse juzgar por la fe de la Iglesia: Rom 12,6; 1 Cor 14,29-32; 1 In 4,2) y el servicio para la edificación de la Iglesia y de la sociedad (es el fin para el cual el Espíritu Santo otorga los dones: 1 Cor 12,7; 14,12.26; lo contrario de la edificación es la división, que no puede venir del Espíritu: 1 Cor 1,10-13).

 

La mediación del consejero espiritual tiene por fin objetivar las experiencias y la mociones personales'', aclarar lo que quizá se advierte de modo confuso y situarse en un horizonte eclesial en el cual tomar conciencia de que el Espíritu es único y no puede contradecirse [.--n Padre espiritual].

 

2. EL ITINERARIO DEL DISCERNIMIENTO PERSONAL SEGÚN SAN IGNACIO DE LOYOLA - Entre los numerosos autores espirituales que han tratado del discernimiento'', san Ignacio de Loyola ocupa un puesto relevante debido a la experiencia espiritual que tuvo de la alternancia de diversas mociones espirituales a partir de su conversión'', experiencia que describió en sus Ejercicios espiritualesRO,los cuales están guiados enteramente por el discernimiento espiritual con vistas a una elección de vida que ha de hacerse para la mayor gloria de Dios (nn. 169-189). Veamos los elementos más destacados de este itinerario:

 

a) Conquistar la libertad interior, don del Espíritu Santo. Toda predeterminación o prejuicio bloquea el proceso de conocimiento y de búsqueda de la voluntad de Dios. Por eso hay que "vencerse a uno mismo y ordenar la vida sin dejarse determinar por ningún afecto desordenado" (n. 21; 1). No hay que ocultar la dificultad que existe para llegar a una mirada de fe y a un impulso de amor tan purificados. Es preciso estar animado por el deseo del "magis" (n. 23) para emprender este itinerario "con gran ánimo y liberalidad con su Creador y Señor, ofreciéndole todo su querer y libertad, para que su Divina Majestad, así de su persona como de todo lo que tiene, se sirva conforme a su santísima voluntad" (n. 5). Toda la persona debe dedicarse a discernir entre la diversidad de las mociones espirituales, sobre todo su afectividad profunda para "sentir y gustar de las cosas interiormente" (n. 2).

 

b) Escucha de la palabra y compromiso dinámicos. Dios se comunica mediante la palabra que libera; el hombre debe colaborar con su adhesión personal. Por eso san Ignacio dice: "demandar la gracia que quiero" (n. 91). Por una parte, es preciso pedir, sabiendo que no puede uno dar por sí mismo lo que se busca en el plano de la salvación y de la perfección cristiana; por otra, hay que desear lo que se pide, con una participación comprometida de toda la persona en la acción de Dios.

 

c) Prontitud para el cambio. El discernimiento supone la prontitud para cuestionarse frente a la interpelación de la palabra de Dios y estar dispuesto a cambiar lo que sea en la vida personal, social o comunitaria. Sólo Dios es lo absoluto y lo inmutable; todo el resto ("las cosas creadas", n. 23) es relativo, y frente a ello "es menester hacernos indiferentes" (n. 23). La indiferencia es la actitud positiva consistente en optar fundamentalmente por Dios y por su plan sobre nosotros, por lo que todo el resto se vuelve innecesario y sólo se acoge en la medida en que sea manifestación de la voluntad divina. Esto implica saber poner en discusión toda opción, preferencia o seguridad que no encuentre confirmación en Dios. Hay que dejarse llevar por el Espíritu, que es fuente de perenne novedad y creatividad. Renunciar al cambio es cerrarse a la novedad del Espíritu, que puede abrir un camino nuevo que nos lleve más cerca de Dios y de los hermanos. Esta prontitud para el cambio, en los Ejercicios, es tratada en el "preámbulo para hacer elección" en dos actitudes, una positiva al cambio y la otra negativa. La primera es la del que se coloca frente al problema de una elección con "ojo simple", solamente "mirando para lo que soy creado, es, a saber, para alabanza de Dios nuestro Señor y salvación de mi alma" (n. 169). La segunda es la del que invierte el orden de las cosas: primero escoge el medio y luego intenta atraer a Dios a lo que ha elegido (n. 169).

 

d) La experiencia de consolaciones y de desolaciones. San Ignacio describe la resonancia interior que la palabra de Dios y sus mociones suscitan en nosotros, con alternancia de euforia y de depresión, mediante los términos de consolación y de desolación espiritual. ¿Qué es la consolación espiritual? "Llamo consolación espiritual cuando en el alma se causa alguna moción interior, con la cual viene el alma a inflamarse en amor de su Creador y Señor y, por consiguiente, cuando ninguna cosa criada sobre la faz de la tierra puede amar en sí, sino en el Creador de todas ellas... Finalmente, llamo consolación a todo aumento de esperanza, fe y caridad y a toda alegría interna que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salud de su alma, tranquilizándola y pacificándola en su Creador y Señor" (n. 316). Se trata, pues, de una experiencia de los "frutos" del Espíritu, de un incremento de las actitudes fundamentales de la existencia cristiana, a saber: de la fe, de la esperanza y de la caridad.

 

La desolación, en cambio, es lo contrario de la consolación: "Así como oscuridad del alma, turbación en ella, moción hacia las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones que mueven a desconfianza, sin esperanza, sin amor, hallándose del todo perezosa, tibia, triste y como separada de su Creador y Señor" (n. 317). Por consiguiente, la consolación es energía del Espíritu Santo para emprender o confirmarse en una elección dada; la desolación lleva lejos del Señor y es signo de la acción en nosotros del espíritu malo, "con cuyos consejos no podemos tomar el camino para acertar" (n. 318).

 

e) La dinámica de una elección. A través de la experiencia del discernimiento de las mociones interiores se puede llegar a una elección según Dios. Pero ante todo es necesario que el objeto de la elección sea bueno o indiferente (n. 170). Fuera del caso de una intervención extraordinaria de Dios, que nos manifestaría así su voluntad, una elección ha de realizarse a través de una "suficiente claridad y conocimiento por experiencia de consolaciones y desolaciones y por experiencia de discernimiento de varios espíritus" (n. 176). Cuanto más profunda es esta experiencia espiritual, tanto más es posible desenmascarar también las "sutilezas" de la acción del enemigo, el cual "se transforma en ángel de luz", insinúapensamientos aparentemente buenos, pero que luego resultan ser espiritualmente nocivos (n. 332), por lo cual es preciso examinar "el discurso de los pensamientos" para ver si terminan "en alguna cosa mala o distractiva o menos buena" (n. 353). Este proceso, sin embargo, no exime de emplear las energías humanas, a saber: de examinar serenamente los motivos en pro y en contra de una determinada elección, que ha de hacerse en el "tiempo tranquilo", "cuando el alma no está agitada por varios espíritus y usa sus potencias naturales libre y tranquilamente" (n. 177). De la elección que ha de hacerse en este tiempo tranquilo, san Ignacio describe un itinerario concreto: 1) precisar el objeto de la elección; 2) fijar el fin, a saber: Dios y su alabanza, y encontrarse en la indiferencia, pronto a "seguir lo que sintiere ser más en gloria y alabanza de Dios nuestro Señor y salvación de mi alma" (n. 179); 3) pedir al Señor que oriente las mociones interiores hacia su voluntad; 4) considerar las ventajas y las desventajas del objeto de la elección sólo con vistas al fin; 5) deliberar según motivos razonables; 6) presentar en la oración la elección hecha a Dios para que la confirme (nn. 179-183).

 

IV. El discernimiento comunitario

 

Las instancias y el itinerario del discernimiento personal se aplican de modo análogo al discernimiento comunitario.

 

1. EN QUÉ CONSISTE - Un grupo de personas, unido por un vinculo particular, como puede ser una comunidad religiosa, un grupo de oración o de compromiso apostólico, sobre todo si se tiene que tomar opciones, está llamado a realizar, en cuanto grupo, un discernimiento de la voluntad de Dios tocante a su modo de vivir la fe y de comprometerse en la Iglesia y en la sociedad. Se trata de interrogarse delante de Dios para comprender si la decisión que hay que tomar es conforme al proyecto evangélico y si responde a los tiempos de la Iglesia y a las exigencias de los hombres de nuestro tiempo. Es una actitud de búsqueda desinteresada, en la cual cada miembro del grupo se siente corresponsable y colabora en la valoración de las mociones del Espíritu para que el grupo como tal llegue a la decisión que más agrada al Señor. El discernimiento comunitario se aplica de modo particular a la comunidad religiosa, sea local o provincial, o al instituto entero. El Vat. II alienta ese estilo de búsqueda común de la voluntad de Dios en orden a la renovación de la vida religiosa.

 

2. SUS FUNDAMENTOS - Como el discernimiento personal tiene supuestos necesarios, también el comunitario se funda en algunas premisas, que aseguran su posibilidad y rectitud.

 

Cada miembro del grupo debe haber tenido la experiencia del discernimiento personal. Esto supone una vida interior genuina que haya enseñado a buscar la voluntad de Dios con libertad espiritual.

 

El discernimiento es posible únicamente como experiencia fuerte de fe, no sólo personal, sino también comunitaria. Es un acto de abandono, de escucha, de confianza en Dios, que guía a las personas, a los grupos y la historia. Es Dios el que, en su presente de gracia, interpela a la comunidad sobre su identidad y su misión apostólica. El le dirige su palabra en Cristo, en la Iglesia y a través de los signos de los tiempos. "El amor que me hace elegir" —dice san Ignacio— debe descender "de arriba, del amor de Dios", de modo que la elección. se haga "únicamente por su Creador y Señor" (n. 184). El grupo debe vivir así el "nosotros" de la fe y estar abierto a la fe de la Iglesia entera.

 

El grupo que intenta discernir la voluntad de Dios debe abrirse al Espíritu Santo, el cual "guiará a la verdad completa" (Jn 16,13). El discernimiento, en efecto, es "espiritual", es decir, se hace sólo en el Espíritu, bajo su influjo. Esta apertura al Espíritu requiere la purificación del corazón y de las intenciones y una profunda conversión a Cristo y al evangelio.

 

La oración, que crea el clima para el discernimiento, debe vivirse no sólo a nivel personal, sino también a nivel comunitario, en una relación filial con Dios que haga sentirse a todos hijos de un mismo Padre y lleve a exclamar "Abba, Padre" (Gál 4,6; Rom 8,15).

 

3. CONDICIONES PSICOLÓGICO-ESPIRITUALES - Las leyes de la psicología de grupo desempeñan su papel en el discernimiento comunitario. Ayudan a distinguir lo que facilita y lo que obstaculiza una auténtica búsqueda de loscaminos de Dios. He aquí algunas condiciones para crear premisas de autenticidad:

 

El propósito inicial debe ser el de "buscar y encontrar la voluntad de Dios" (n. 1). Ha de adoptarse no un punto de vista sujeto a intereses humanos o egoístas, sino el del plan salvífico que Dios tiene sobre la comunidad y, a través de ella, sobre la Iglesia y sobre el mundo. Es contraria a esto la actitud del que quiere hacer prevalecer, dentro de ese grupo, su parecer o su posición.

 

Para un encuentro con los demás en la búsqueda de Dios es preciso purificarse de las pasiones, que bloquean una auténtica relación interpersonal. Tales son, por ejemplo, la incomunicabilidad con los hermanos, sentimientos cultivados de envidia, de celos, de no participación en la alegría y el dolor ajenos, etc.

 

Condición importante es la de aceptación de que los demás nos cuestionen, así como Dios a través de los mismos. Esta disponibilidad pone al desnudo la verdad que somos y que buscamos. Desenmascara nuestras ambigüedades, los prejuicios, las predeterminaciones; verifica si algunas de nuestras seguridades son auténticas o falsas, si buscamos el interés de Dios o nos buscamos a nosotros mismos.

 

Renunciar a la autosuficiencia, a la pretensión de conocer en solitario la voluntad de Dios. Esta se encuentra mediatizada por el testimonio y la experiencia espiritual de los otros, de la Iglesia y de la sociedad. Al rechazar sentirse constituido en un sistema cerrado y estático de verdad, nos abrimos a la posibilidad de ser completados por los otros, por su competencia, sensibilidad y experiencia. Con frecuencia algunas elecciones importantes se preparan cuidadosamente con una investigación sociológica, psicológica y política para captar las instancias que provienen de una sociedad en rápida mutación. El discernimiento espiritual no puede ignorar estos datos, sino que los ve en una perspectiva diversa de aquella con que una administración puede programar su ejercicio. La perspectiva es la evangélica, en la cual entran factores imponderables con un metro puramente humano.

 

Condición concomitante de la precedente es la de dar cabida a los demás en uno mismo, en los propios puntos de vista y convicciones. Es una actitud de respeto a la persona de losdemás, de sincera caridad evangélica, por encima de ciertas ideologías que dividen.

 

Condición importante es también la de que un grupo o comunidad no se cierre en sí mismo, sino que se sienta parte de comunidades más vastas y de la Iglesia entera, viviendo sus orientaciones universales.

 

4. TÉCNICA DEL DISCERNIMIENTO COMUNITARIO - La palabra "técnica" no debe hacer pensar en una planificación con ritmos mecánicos. El discernimiento es una actividad espiritual que se desarrolla bajo la moción del Espíritu, el cual obra con libertad y pide a los hombres una respuesta libre. En este clima debe vivir el cristiano. Por discernimiento comunitario (y también personal) se entiende, pues, ante todo, un estilo de vida evangélica permanente; una vigilancia evangélica pronta siempre a acoger la voz de Dios y a actuar en consecuencia, y contraria a toda visión egoísta. La actitud de buscar primero el reino de Dios lleva a discernir los caminos de Dios de modo espontáneo en las circunstancias ordinarias de la vida y en las decisiones más comunes y necesarias.

 

En cambio, el discernimiento comunitario en el sentido restringido del término se impone en algunos momentos fuertes de la vida de un grupo o de una comunidad cuando están en juego valores importantes para la vida cristiana y la misión eclesial. En este caso, dando por supuesto cuanto queda dicho antes, se requiere también una cierta técnica, la cual ha de ser elástica para adaptarse a las circunstancias y a la madurez espiritual de los individuos y del grupo. El discernimiento comunitario, por lo demás, tiene diversos grados de realización y diversas fases de profundización.

 

De todos modos, las etapas esenciales del discernimiento comunitario deberían ser las siguientes: a) Vivificar en el grupo un clima de fe, de escucha de Dios y de los otros, de disponibilidad y de oración. b) Precisar con exactitud el tema que ha de ser objeto de discernimiento y de eventual decisión. Por eso el que esté encargado de dirigir y alentar el discernimiento ha de proporcionar todas las informaciones objetivas sobre el tema, de modo que todos conozcan con exactitud los "datos" necesarios. Debe tratarse de un tema cuya discusión competa al grupo y que sea de importancia y trascendencia para su vida y su misión religiosa. c) Comenzar con un tiempo de oración personal, para ponerse a la escucha de Dios, presentarle el tema sobre el que se invoca su luz y poder captar las mociones espirituales que proceden del Espíritu Santo con un corazón libre de afectos desordenados. d) A esto puede seguir una reunión de "escucha", en la cual cada uno puede expresar lo que ha experimentado en la oración, siendo escuchado por los demás con auténtica participación, sin discutir su experiencia.e) Puede dedicarse otro tiempo de oración personal para pedir al Señor discernimiento sobre motivos en favor o en contra del tema de que se trata.,n Luego sigue una reunión de "discusión" y de análisis de los argumentos que cada uno aduce y que están iluminados por las mociones del Espíritu, por la consolación o desolación espirituales. g) Cuando el discernimiento llega a un punto de maduración suficiente, se pasa a la fase deliberativa. Lo ideal es que la búsqueda desapasionada lleve a una decisión unánime. Si ésta no se diese, seria preciso que al menos hubiese unanimidad en la aceptación de lo que la mayoría ha decidido como lo mejor. h) Por último, sigue la confirmación de la decisión tomada, que se manifiesta a varios niveles. En el caso de una comunidad religiosa, tenemos la confirmación del superior, el cual "toma la decisión" y asegura así a la comunidad que se encuentra en el camino justo. Está luego la confirmación que viene del mismo Espíritu Santo, el cual infunde un aumento de fe, de esperanza y de caridad después de tomada la decisión. Finalmente. hay una confirmación "apostólica", o sea la experiencia de que la elección hecha libera nuevas energías apostólicas, da un sentido más vivo de la Iglesia y un mayor entusiasmo misionero. Estos signos de la acción de Espíritu en el discernimiento realizado llevan a un sentido de agradecimiento y de alabanza del Señor.

 

A. Barruffo

 

BIBL.—AA. VV., El discernimiento (Equipo Mundo Mejor, n. 43, 1975).—AA. VV., Dicernimiento comunitario, Inst. Teol. Vida Religiosa, Madrid 1976.—AA. VV.,Discernimiento de espíritus, en "Concilium", 139 (1978).—AA. VV., Discernimiento espiritual en tiempos difíciles, en "Rev. de Espiritualidad", 153 (1979).—Castillo, J. M. El discernimiento cristiano según san Pablo, Facultad de Teología, Granada 1975.—Laplace, J, Discernement pour temps de Irise, Chalet, París 1978.—Penning de Vries, P, Discernimiento. Dinámica existencial de la doctrina y del espíritu de san Ignacio de Loyola, Mensajero, Bilbao 1967.—Therrien, G, Le discernement dans les écrits pauliniens, Gabalda, París 1973.

 

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